Nuestro ideal del amor está resumido en la emoción del enamoramiento, la cual está emparejada al deseo. Las películas, las telenovelas y los libros de superación personal han sembrado en la Cultura Occidental una idea errónea del sentimiento amoroso en la pareja, dicha idea va más o menos de la siguiente manera: El amor es una chispa que se enciende de forma inesperada en el pecho de los amantes, inusitadamente una persona capta toda nuestra atención y disposición, sentimos la necesidad de compartir con esa persona, nos trazamos un plan de vida, la formación de una familia y el religioso postulado de apoyarnos en los buenos y malos momentos, todo gira alrededor de la trillada frase de película romántica: “Tú haces que quiera ser mejor persona”.
Los modelos culturales nos inculcan que el amor es una suerte de virus que surge por generación espontánea, una vez que, al sujeto le es inoculado el germen sobre su vida cae una tamiz de transformación que lo hace una persona capaz de gestos nobles y heroicos, tan sólo por efecto del extraño virus llamado amor.
Pareciera que la voluntad del hombre y la mujer en nada interviniera, que sus potencias espirituales no se relacionan con su forma de amar y que el amor como sentimiento de entrega, es un ideal común que cualquier pareja puede abrazar. Es más me atrevería a afirmar, que la consecución de una relación estable está visto como una meta material al igual que obtener una casa, un automóvil, graduarse de una buena universidad y obtener un buen empleo.
Apreciados lectores, el amor como entrega desinteresada al bienestar de otro no resulta del toque de la varita mágica de un hada regordeta, ni está en la punta de la flecha de un querubín de nombre Cupido. Por el contrario, el amor hacia la pareja está en la cúspide de un proceso espiritual arduo, exigente, profundo que desgarra las entrañas y que parte de la máxima Delfíca que el oráculo puso en labios del Dios Apolo “Conócete a ti mismo”, recogida y matizada por Nietzsche en aquella frase magistral “Llega a ser quien eres”.
Únicamente cuando el ser humano se enfrenta cara a cara con su condición existencial, cuando acepta sus demonios y convive con ellos hundido en el lodo de los intereses, el egoísmo, los convencionalismos, la mecanización de la vida y descubre su valor para luchar por una parcela para la distensión de su alma y de su espíritu “a pesar de todo” y con la participación de su imaginación, para convertirse en un ser creador de su mundo, de los elementos esenciales para su sostenibilidad espiritual. Sólo después de reflexionar sobre la necesidad fundacional de su ser de otorgarse a sí mismo, a través de la lucha, un espacio espiritual que le regala un aire marítimo tibio donde poder respirar saludablemente, entonces, es capaz de ser candidato a la experiencia amorosa.
Nuestros condicionamientos sociales estiman que el amor está representado por la raíz del árbol, es decir, que es el origen de todo acto noble, de entrega desinteresada e inclusive del arrojo heroico que lleva al amante a arriesgar su vida y que dimana, independientemente de las aptitudes espirituales de cada ser humano, de la raíz de un sentimiento sembrado sin intervención de la persona que lo profesa.
Craso error el amor no está en la raíz del árbol, el amor está en las ramas del árbol, son agentes potencialmente capaces de amar aquéllos que han decidido transitar una vida con talante espiritual, porque a fin de cuentas el amor no es más que la expresión de una de las formas espirituales más sublimes, es uno de los actos heroicos más destacables que sólo puede devenir de una gran estatura espiritual.
El amor está en la ramas del árbol, porque el sentimiento amoroso para sobrevivir necesita imperiosamente de un tronco robusto, y ese tronco robusto, a su vez, conecta con la raíz en el alma de una espiritualidad potente, creativa e imaginativa cuyo cultivo prepara al joven árbol para alcanzar una estatura que le permita entrelazar sus ramas en el bosque con otro árbol, más allá del frío invernal y de los embates del viento y de la lluvia.
Los matrimonios sin fundamento espiritual producto de esta sensibilería estereotipada, no son más que subterfugios nacidos del temor a la vida, que sirven para entretener al hombre en la laboriosidad del día a día por un supuesto futuro mejor, el cual asimila nada más que como una fotografía del pasado pero más grande y entretener a la mujer con el amor incondicional por sus hijos, pero no hay mayor muestra de egoísmo que la reflejada en esos hogares mezquinos, rutinarios y aburridos, sólo avivados por su pequeña comodidad y por la representación teatral de una felicidad empacada en combos de ofertas para supermercado, cuyo único alimento es el abrazo del orden y la seguridad a toda costa, por la cual han perdido el brillo y la ferocidad en la mirada y han dejado de vivir con sangre caliente en las venas, para suplantarla por el helado cálculo de la conveniencia.
El amor es una potencia que carga al espíritu, que te hace creativo y capaz de generar un mundo aparte y lo más importante hecho sólo para seres que forjan su espíritu a golpe de martillo en elecciones para su alma. La persona entregada al sentimiento amoroso salva su vida, le confiere un sentido e independientemente de su tragedia o regocijo su bienestar no depende de la retribución que recibe del receptor de su amor, su bienestar procede del reconocimiento de su capacidad espiritual, sin la cual no podría ni siquiera respirar.